La Letra Dinamita
taller literario para adolescentes
viernes, 6 de agosto de 2010
cadáver exquisito en verso
el Día de la Raza
Las ruedas de mi bicicleta
resbalaban como manteca.
Fui a nadar y hubo una fiesta de sabores,
con extraños olores y colores
en el parque de mi casa,
se festejaba el Día de la Raza.
Ya no existía la vida,
ya no existía el dolor
producto del desamor.
Nunca más lo iba a perder,
ahora ya tenía un gran papel
que lo iba a ayudar
a salir a jugar
y cantar
“arroz con leche, me quiero casar,
pero antes a mi querida suegra matar,
por todas las veces que me vino a molestar”.
martes, 27 de julio de 2010
Ruleta
por Lucía Chab
Al prender la luz se terminó el silencio, y luego de unos minutos, un hombre caminaba con sus prendas íntimas colgando de las piernas por el cuarto pintado con sangre. El cazador oculto reía detrás de las cajas y cantaba algo que nadie lograba comprender. “¡Dios nos salve!” gritaban todos. El cazador ya no cantaba, ahora escupía vino manchando las prendas íntimas del señor que mientras le decía a una mujer “guarda con los gigantes”, y ella sin comprender asentía.
El vino salía por el paladar del cazador oculto que corría desnudo mientras todos lo miraban atentamente. La sangre seguía manchando las paredes mientras el cazador corría. Un niño se ponía anestesia y deliraba por la fiebre. “Huele a fritura” decía el de las prendas íntimas, que mientras tomaba agua sucia olfateaba las colchas del cuarto y cada tanto miraba por la ventana. El niño temblaba por la fiebre mientras afuera se oía un grito de guerra.
Bichonario
por Agustina Bustos
Figueboa Alcorta: Boa que habita en Figueroa Alcorta. Come sólo caviar, sushi y platos bajos en calorías. Todos los fines de semana va al club, hace equitación, juega al golf y habla de diseñadores de ropa. Pertenece a la familia de la BOA, boas bosteras que habitan en La Boca y van todos los domingos al palco preferencial de la Bombonera. Tanto la Boa como la Figueboa Alcorta dicen no tener nada que ver con la 12.
Sólo se relaciona con sus vecinos del country en provincia, con los socios del golf club y con gente con apellidos con historia (Anchorena, Thompson, Alvear – muy emparentados con los J. Boautista Alvear-).
lunes, 26 de julio de 2010
Binoculares de Cartón
por Micaela Szyniak
Tantas veces había caminado por esa cuadra y nunca lo había notado, era hermosa, perfecta. Cada detalle estaba sutilmente acomodado, como si fuera una historia escrita por el tiempo.
El pasto del jardín de la casa por la que pasaba se extendía volviéndose una llanura donde un gaucho hubiera peleado con cuchillo a cielo abierto, pero el asfalto lo pasaba por arriba, lo cortaba. Se empeñaba en ser él el dueño de la ciudad.
El sol iba poniéndose y su luz tenue pero certera alumbró una estatua. Trepó sobre ella como un chico sintiendo que escalaba la montaña más alta para poner en la cima su bandera. Sólo cuando llegó a la cumbre se dio cuenta de que no tenía una. No importaba, él sería su propia bandera.
Leyó en el grabado del monumento “grandes sus destinos”. Esa frase le pareció, en ese momento, la más bella del mundo. Ahí, pisando el tope del monumento de los españoles, se sintió uno con la ciudad.
Sus grandes pupilas podían observar todo finalmente. Veía el motor del país. La lucha y el caos, la infinita armonía. Jorge sacó su pequeño espejo de cartón, se miró en él y entendió por fin la grandeza de su destino sudamericano.
Cueva sin caballo
En todos los calendarios hay ciertos días que es mejor olvidarlos, pero esta vez me tomaré el atrevimiento de sacar a la luz una de esas historias que "jamás sucedieron".
Era de noche en realidad, con una luna ausente que acentuaba el silencio de ese invierno frío. El mundo se había ido a dormir, excepto nuestro pequeño protagonista: Llevaba un largo cabello castaño y tenía muy corta edad para estar solo. Su andar indeciso era causado tanto por su tristeza, la cual explicaremos más adelante, como por sus patas sin protección, puesto que no llevaba herraduras. A este valiente niño el destino lo había dejado a la deriva, sin procedencia o nombre siquiera. Su ingenio siempre le había permitido arreglárselas para sobrevivir, sin embargo nunca ha podido alcanzar la tan anhelada felicidad. Viviría en una constante y melancólica soledad, o eso creía.
Intentó recorrer cada uno de los caminos de la vida existentes, buscando sin éxito una familia que le dé amparo, sufriendo el rechazo de los salvajes caballos de campo, y con el paso del tiempo su única opción eran las numerosas escaramuzas que hacía para robar comida. Esto sólo lograba que el odio por él creciera, y que tuviera que escapar de rancho en rancho entre multitudes enfurecidas hacia un nuevo sol que no conociera de sus fechorías.
Su debilidad y llanto se hacían evidentes en su piel, las piernas cansadas caminaban sin rumbo, y su mente gritaba para evitar pensar en las cosas malas. De repente, la fría luz se tornaba menos fría, el silencio empezó a compactarse, y así aparecieron unas indeterminadas paredes que lo limitaban. En aquella cueva todo se encontraba oscuro, desdibujado, inmortal, y él se sentía rey de su mundo perfecto, donde las rosas sin colores destellaban un mágico brillo imperceptible para cualquier otro ojo, y la quietud de la música traía alegría al alma. El refugio ideal, lejos de los infiernos que consumen vidas o de caballos agresivos y excluyentes, que destruían ese palacio y lo transformaban en una mera cueva. Ellos no sabían nada, nadie sabía nada, ni siquiera nuestro relajado amigo, que no quería más que disfrutar de la paz hasta desvanecerse.
Así sucedió, en efecto, esa fatídica madrugada en la que los ruidos volvieron para amenazar la armonía, y el hombre decidió irónicamente llevarlo al rancho del que antes quería tanto formar parte. No le veían lógica a un desafortunado caballito sin dueño, solo en una cueva, y decidieron ayudarlo, así que lo tomaron y trataron de ponerle las herraduras que, de ahí en más, usaría toda su vida. El pobre luchó y luchó, pataleando y gimiendo. Quería ser libre, libre en su cueva, y con los ojos llorosos buscó socorro de su amiga la luna, pero no la encontró; ya se había rendido. La cueva se había quedado sin caballo.
Un alma se apagó esa noche, el juego y el goce fueron asesinados una vez más, y, aunque siga tirando de los carruajes y recibiendo comida, nuestro pequeño amiguito murió de pena hace mucho tiempo, cierto día que no es placentero recordar, pero sí muy necesario, para no olvidar nunca el sueño, el deseo, y la magia.
viernes, 9 de julio de 2010
cadáver exquisito
3 Cadáveres exquisitos
(Encuentro de
I
“Por lo menos voy a tener una cicatriz piola”, pensó antes de entrar al quirófano, donde me sacaron más agua que soda para mí. Prefiero que no, ¡pinche cabrón! ¡Chinga tu madre! –me gritó el mexicano. Era el tío del mejor amigo de Macri. Las personas se quejan de para qué hizo esas malditas bicisendas, hechas con amor… ¡amorcito lindo! Llévame a volar con tu pijama a rayas de cebra; corriendo, crea un efecto óptico: ¿es negra con rayas blancas o blanca con rayas negras? Se expanden e invaden la ciudad, que impávida se pregunta ¿qué pasó?
Creo que el colectivero lo tuvo siempre planeado (y luego aterrizado) por un comando especial de
La música lenta me pone muy nerviosa. Era la mina con la que me choqué el otro día. Yendo por la vida uno puede cometer errores del pasado y del futuro, siempre errores con gusto a ensalada de rúcula y parmesano, como le gustaba preparar en esos días en que el calor era insoportable. “Pasión que me consume demasiadas calorías” – le dijo Cormillot a mi tío. ¡Qué bajón! ¡Lija! ¡Hambre voraz! Hay muchas formas de decirlo. Pero sin palabras es más fácil gritar y maldecir a la puerta cuando me choco un dedo contra ella.
Piensa que la fantasía existe: un sapo casado con un tigre que quiere el divorcio a martillazos.
III
Ella sabía cómo cocinar los ravioles en la olla con agua y sal, pero salieron feos porque se pasaron: el truco de tirarlos contra la pared le había fallado.
Voy a poder recuperarme de una fractura, aunque de una pelea puede ser más complicado, como el mecanismo del calefón que me regalaste, como la regla para medir en matemática que es un quilombo. Ahora estamos estudiando los números negativos que piensan que el mundo se termina con la lengua afuera y la nariz agitada, redonda y amarilla como un queso, con cara de enojada como en aquella película que había ido a ver con el abuelo Aurelio el verano de 1922.
