por Micaela Szyniak
Tantas veces había caminado por esa cuadra y nunca lo había notado, era hermosa, perfecta. Cada detalle estaba sutilmente acomodado, como si fuera una historia escrita por el tiempo.
El pasto del jardín de la casa por la que pasaba se extendía volviéndose una llanura donde un gaucho hubiera peleado con cuchillo a cielo abierto, pero el asfalto lo pasaba por arriba, lo cortaba. Se empeñaba en ser él el dueño de la ciudad.
El sol iba poniéndose y su luz tenue pero certera alumbró una estatua. Trepó sobre ella como un chico sintiendo que escalaba la montaña más alta para poner en la cima su bandera. Sólo cuando llegó a la cumbre se dio cuenta de que no tenía una. No importaba, él sería su propia bandera.
Leyó en el grabado del monumento “grandes sus destinos”. Esa frase le pareció, en ese momento, la más bella del mundo. Ahí, pisando el tope del monumento de los españoles, se sintió uno con la ciudad.
Sus grandes pupilas podían observar todo finalmente. Veía el motor del país. La lucha y el caos, la infinita armonía. Jorge sacó su pequeño espejo de cartón, se miró en él y entendió por fin la grandeza de su destino sudamericano.
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